29 de diciembre de 2010

Simplemente gracias

Cada año que pasa podemos –y debemos– hacer un balance de lo que hemos hecho y lo que dejamos de hacer, con la finalidad de pensar si nuestro rumbo en la vida es el óptimo o, por el contrario, podemos mejorarlo.

En este año que está por finalizar, en las diferentes entradas hemos abordado temas que, a mi modo de ver, son importantes para comprender los desafíos que nos propone la Vida, pero también para apreciar los regalos que ella –sin pedírselos– nos obsequia.

En un breve recorrido mental sobre las treinta entradas publicadas en esta humilde bitácora, recuerdo haber escrito sobre pecados y enfermedades, pero más sobre virtudes y curas; sobre laberintos, pero más sobre los hilos de oro que nos conducen a la salida; sobre defectos y problemas, pero más sobre fortalezas y soluciones; de mentiras, muerte y desesperanza, pero más sobre verdades, vida y esperanza; sobre el odio y los demonios, pero más sobre el amor y los ángeles; de dioses, santos y mitos, pero más sobre hombres, sabios y realidades; sobre esos instantes de locura que nos hacen acariciar la felicidad, pero también sobre esos de cordura que nos recuerdan nuestras cadenas terrenales; sobre el tiempo y los valores, las ideas y las palabras, matemáticas y poesía; sobre alondras y amaneceres,  jilgueros y esperanza, sobre ruiseñores, amores y primaveras.

En fin, mi humilde análisis me indica que el rumbo está bien; aunque, como todo, puede mejorar y, para el año que está pronto a nacer, espero con alegría tener tantos lectores como éste que me den aliento y buenos deseos a cambio de algunas palabras.

Quiero agradecer a cada una de las personas que gustosas leyeron mis entradas; a las que se animaron a enviarme un comentario, a las que lo escribieron y no lo enviaron y a las que pensaron en hacerlo y me obsequiaron una sonrisa; a las que me abrieron las puertas de su hogar y a las que me guardaron un lugar en su corazón; a las que me dieron un consejo; a las que me tendieron una mano; a las que me hicieron una crítica y a las que me dieron una palmadita en el hombro.

Como aprendiz de escritor he tratado de expresar lo que siento y lo que soy, sin máscaras ni antifaces. Cada día voy comprendiendo que las palabras tienen una sutil y, al mismo tiempo, profunda belleza y que encierran en su interior un significado que va más allá de lo que dice el diccionario. Les confieso que cuando la Fundación CIENTEC me solicitó que me hiciera cargo de esta bitácora digital pensaba que duraría poco, que los temas se agotarían o que perdería el interés. ¡Cuán equivocado estaba! Conforme han trascurrido estos casi cuatro años, me he planteado algunas metas y he pensado que si mil personas leen lo que escribo y a ninguno le incita a la reflexión, hice poco; mas si mis palabras mueven los sentimientos de una sola persona por un instante, la misión está cumplida.

Gracias, mil gracias.

28 de octubre de 2010

Instantes

La vida está compuesta por instantes, simplemente muchos instantes de diferentes tamaños e intensidades, no buenos ni malos, ni mejores ni peores, todo lo que acontece en ellos es lo que va conformando nuestro propio acervo de recuerdos y vivencias y nos ayudan a construir ese sello personal.

Un atardecer, una mirada, el olor de la lluvia, una sonrisa, una caricia, una lluvia de estrellas, una ilusión, la espuma del mar, una fragancia, un silencio, un camino, un beso, una promesa. El continuo de la Vida nos va dejando espacios, grandes algunos y breves instantes otros, que debemos llenar como las gotas de agua un océano, sin espacios vacíos, sin repeticiones. De nosotros depende que los instantes maravillosos superen por mucho a esos que desearíamos borrar de nuestra memoria.

En Cocorí ─uno de mis libros preferidos─ recuerdo cuando a este entrañable personaje le obsequian una rosa y ésta muere, a partir de esa desilusión él se empeña en buscar una respuesta a la pregunta ¿por qué mi Rosa vivió tan poco y otros en cambio se cansan de contar lunas? Luego de muchas aventuras en la selva, la respuesta sabia que le da el Negro Cantor es que la Rosa tuvo en vida luz, generosidad y amor; que otros aunque vivan más, no los han tenido: es más importante vivir una existencia plena que una vida larga y sin sentido. De esa forma se apropia de una profunda enseñanza y, con alegría, el mismo Cocorí le grita al mundo entero que ¡Cada minuto útil vale más que un año inútil!

Y se puede vivir mucho en un breve lapso de tiempo. Apreciar la belleza e importancia de algunos instantes que se van sucediendo en la vida ─unas veces por casualidad y otras por la causalidad─ es una de esas cualidades que vamos afinando con la edad. Esta sensibilidad se magnifica aun más cuando hemos pasado por situaciones límite que nos enfrentan con nuestros propios temores, esas que nos hacen meditar sobre las cuestiones trascendentales de la vida y nos obligan a valorar otras tantas, en ese preciso instante se da un giro de 180 grados en nuestra existencia y algunas cosas que creíamos importantes, dejan de serlo, y las que no lo eran, pasan a ser de vital importancia. No hay duda que el inicio de la primavera se disfruta más cuando hemos vivido un duro invierno. La sonrisa de un bebé se valora más cuando comprendemos lo frágil que es la vida. La necesidad de repartir amor se evidencia cuando lo hemos recibido en abundancia. El valor de una amistad sincera se comprende cuando nos han tendido una mano en momentos difíciles. La belleza de un atardecer se aprecia más cuando lo hemos compartido con el ser amado. La fuerza de una palabra se potencia cuando intentamos escribir un poema.

En esos instantes de lucidez, en donde la razón no nubla la sensatez y la cordura, tomamos muchas de las decisiones difíciles de nuestra existencia; sin embargo, es en esos momentos de locura ─donde se desborda la pasión─ que tomamos algunas decisiones trascendentales en nuestras vidas, esas que nos marcan hasta la muerte y con las cuales vencemos nuestros miedos, logramos la libertad y, por algunos instantes, acariciamos la felicidad. Disfrutemos con intensidad de cada instante que nos obsequia la Vida que, al final, será la mejor manera de agradecérselo.

Un instant d'amour est un instant de vie.
de la bella melodía Et qu'un ange passe de Ishtar

Instantes, poema atribuido a Jorge Luis Borges

14 de septiembre de 2010

De las palabras

Antes de la formación del universo el tiempo ni siquiera existía, como ya hemos discutido en "Sobre el tiempo"; a partir de la “Gran Explosión” los efectos se van sucediendo a partir de las causas y con ello se va engrosando el libro infinito de la historia. Desde el punto de vista del cristianismo, luego de este caos o desorden, "En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios" (S. Juan 1: 1).

Las palabras bien utilizadas, ya sea en las artes, las ciencias o las letras, se pueden convertir en flores que perfumen nuestro horizonte o en armas que aniquilen nuestra voluntad, para ello basta contraponer a Juan Salvador Gaviota de Bach con Mi lucha de Hitler. Se pueden transformar las palabras en mágicas y encantadas llaves con las cuales podemos derribar los muros de la ignorancia y en las alas que nos lleven a descubrir maravillosos universos. En la antigua Grecia ─cuna de la civilización occidental─ se enseñaba música (el arte de las musas) dentro de las asignaturas principales al lado de las matemáticas, la filosofía y la astronomía, requisitos todos para que un individuo fuera considerado como una persona culta. Una de las razones por las que dedicaban horas al estudio de esta asignatura es, a mi modo de ver, sencilla: para ellos las palabras eran “sonidos articulados”, y se relacionaba con las ideas y los pensamientos, con el discurso y finalmente con la democracia.

Cada palabra tiene un significado formal y otro más subjetivo ─y, por tanto, más personal─ dependiendo de lo que hemos aprendido o interiorizamos. No hay duda de que el significado de palabras como: libertad, democracia, amor, justicia, paz o felicidad, solo por citar algunas, son percibidas de forma diferente en los cuatro puntos cardinales del planeta, entre creyentes y ateos o entre ricos y pobres. Tenemos más de cien palabras que deberíamos globalizar.

En entradas anteriores nos hemos referido a la importancia del estudio de la filosofía, pues busca la sabiduría en sí misma, y tiene como objeto de estudio el conocimiento de las causas últimas, universales y totalizadoras de la realidad, como fin último busca la felicidad del ser humano. Hoy me he querido referir a la libertad, no como una simple palabra de ocho letras, sino más bien como un sonido articulado armónico y, bajo su significado universal, uno de los mayores anhelos que ha tenido el ser humano para alcanzar un estado pleno de felicidad. Sin embargo, es necesario que borremos de plano la visión ─mezquina si se quiere─ de algunas personas que piensan que libertad es equivalente a andar sin cadenas en nuestros pies y caminar por cualquier sendero sin mirar el horizonte. Claro que es importante la libertad física, pero para alcanzar la felicidad es más importante la espiritual. Para comprender a qué me refiero, trascribo una parte de uno de los diálogos entre Zorba y su jefe, de la película
Zorba el Griego basada en la novela de Nikos Kazantzakis:

─¡Brindo por su salud!
─¡Brindo por la suya, Zorba!
─Maldita sea, jefe, me agrada demasiado como para no decirlo: usted lo tiene todo, excepto una cosa: ¡LOCURA! un hombre necesita un poco de locura, sino...
─¿Sino qué?
─ ...nunca se atreve a cortar la cuerda y SER LIBRE...

El convencimiento de todo un pueblo, en cierto tiempo y determinado espacio, hace que una necesidad se transforme en un pensamiento y este en una idea, luego en palabras y al final en acciones. Algunos lemas conocidos, que han marcado mucho de las revoluciones en historia reciente, son: “Patria o muerte” en busca de la libertad del pueblo cubano, “
Libertad, igualdad, fraternidad” de la Revolución Francesa; “Libertad o muerte” del grito de independencia del pueblo griego ante el Imperio Otomano en 1821. Estas tres, entre muchas otras, son más que simples frases pues tienen una alta dosis de idealismo amalgamado con un sueño de libertad reprimido. Son breves sinfonías de tres movimientos interpretadas por todo un pueblo como orquesta.

Creo firmemente que el consolidar nuestro sistema educativo y fomentar una educación completa y de calidad, hará que comprendamos la profundidad de las palabras Patria, Libertad e Independencia, y que disfrutemos entre notas y silencios de su melodía, armonía y ritmo. No las convirtamos en palabras vacías y, sobre todo, tomemos conciencia de que a cada causa sucede un efecto y las decisiones que tomamos hoy, como nación, marcan nuestro futuro.

Con una conciencia más clara lograremos superar los retos que enfrentamos y que nos amenazan como nación independiente y soberana ─como afirma nuestra presidente en su opinión "La patria está amenazada"─ para insertarnos e integrarnos con éxito en un mundo con una economía globalizada sin perder nuestra propia identidad.

Patria
Tengo a mi patria siempre en la mano.
La miran mucho mis ojos claros.
La besan mucho mis labios mansos.
Quiero a mi patria siempre en la mano.
Mansa y pequeña como un garbanzo.
Sin rifles negros. Sin sables blancos.
La quiero dulce para los bajos.
La quiero tierna para los altos.
La quiero buena para los malos.
Por eso a veces la llevo al campo,
le cuento historias de niños sanos,
de ancianos dulces, de lindos ranchos.
Le digo que hay países anchos
donde no existen dioses metálicos.
Donde no hay primos: que sólo hermanos.

Jorge Debravo

14 de agosto de 2010

A las madres

Cada gota de agua contiene en potencia lo necesario para llegar a ser un océano. Cada célula posee toda la información genética de un determinado ser vivo. Cada estrella ostenta la información relevante de sus propias galaxias. La esencia misma de lo que somos se ha ido acumulando a lo largo de muchas generaciones y, como ya hemos mencionado en otras entradas, no somos hijos de las piedras. Si priorizamos los valores espirituales sobre los demás, podremos engendrar un hombre nuevo lleno de esperanza y con optimismo encaminarnos hacia un mejor mañana, un ser humano capaz de valorarse en todas sus potencialidades.

Medito en un modelo de persona para ejemplificar estos valores espirituales e, irremediablemente, siempre pienso en las Madres, escrito así, con mayúscula. Será tal vez por el don divino de engendrar que ellas tienen, el don bienaventurado de dar amor con el alma en las manos, el don celestial de la ubicuidad o bilocación, en que, como San Martín de Porres y el Padre Pío, pueden estar en varios lugares contemporáneamente, partirse en varios pedacitos y entregarse día a día, sin esperar nada a cambio. Cuanto más se dividen, más se multiplican. Si tienen lo dan todo, y aun cuando no tengan nada, lo siguen dando todo. Será quizá por ese poder inconmensurable de superación, de entrega y, sobre todo, de humildad, estoica si se quiere, por lo que se ha hecho de la mujer un ser casi mitológico, un ser sublime, un ser que, a través de la historia, ha logrado romper todos los prejuicios y, en los albores del nuevo milenio, tomamos conciencia de que si bien fueron los varones los que pusieron esa barba blanca y una espada en la mano a los dioses, son las madres quienes conocen la verdad.

Las madres pueden juguetear con el horizonte del poniente como si fuese una serpentina y, al mismo tiempo, con la otra mano tomar una estrella del oriente, no para decorar un prendedor, como la gentil princesita de Darío, sino más bien para iluminar y guiar nuestras vidas, al lado de un verso y una pluma, una perla y una flor. Son como la simiente que atesora en sus entrañas el secreto de la vida, guardianas inclaudicables de este mandato divino. Ellas entienden, con humildad, que lo que hacen representa una gota en el océano. Podría parecer poco; pero, si no lo hicieran, al mar le faltaría una gota, como lo entendía la Madre Teresa de Calcuta, quien, sin parir uno solo, logró tener millones de hijos.

Cuando me refiero al ser madre, no lo hago pensando en la idealización social en que nos envuelven los medios de comunicación o las religiones, sino más bien en la maravillosa potencialidad maternal a la que llegan muchas mujeres, y a su capacidad de entrega. No todas las mujeres calzan con el arquetipo de madre, ya sea por su socialización u otra causa individual. Sin embargo, las madres saben que son las portadoras del secreto mismo de la vida.

Debemos aprender de las Madres a no guardar una sola gota de amor para mañana; gastémosla hoy, en este instante: esa es la clave para ser rico en los valores espirituales: cuanto más desprendimiento, paradójicamente, más tendremos.

Hoy, en la víspera del día en que mi país celebra el día de la madre, sirvan estas palabras como tributo a ellas por la admiración que me merecen, y en vez de desearles un feliz día, prefiero decirles simplemente ¡Gracias!


“La familia es base de la sociedad y el lugar
donde las personas aprenden por vez primera
los valores que les guían durante toda su vida.”
Juan Pablo II

30 de abril de 2010

De los valores

Los valores son las cualidades de las acciones o cosas, o bien, los modelos de comportamiento que pueden ser estimados o practicados, en procura del bien moral. Pueden abstraerse y entenderse como realidades en sí mismas, como la belleza, sinceridad, humildad, justicia, honradez y honestidad, pero en la vida diaria los valores morales los identificamos relacionados con las acciones y las personas, mientras que los materiales son asociados a las cosas.
Lo esencial del valor es el de no ser indiferente frente a nuestra facultad estimativa, entendida ésta como la capacidad de estimar lo valioso de cada cosa y de cada acción; el observar, conocer y comprender una realidad, inevitablemente nos lleva a estimarla.
Se tienen varios tipos de valores, jerarquizándolos a partir de los más importantes:
  • Espirituales: amor, paciencia, sabiduría, piedad, perdón, caridad y misericordia.
  • Morales: justicia, prudencia, honestidad, humildad, lealtad, tolerancia, responsabilidad, dignidad.
  • Sociales: urbanidad, cortesía, respeto, hospitalidad, solidaridad, amabilidad.
  • Intelectuales: Creatividad, racionalidad e inteligencia.
  • Estéticos: belleza, armonía y elegancia.
  • Materiales: abundancia, éxito, riqueza.
Los cambios internos de cada persona, aunque en ocasiones sean apenas perceptibles, pueden provocar cambios trascendentales, y por eso es que trato ─desde las líneas de este espacio─ de plantear algunos de los desafíos que a lo largo de mi vida docente, académica, familiar y lo más importante, como costarricense y ciudadano del mundo, ocupado y preocupado, he observado y trato de encontrar eco en las personas que me leen, escuchan y comprenden. En otras entradas nos hemos referido a estos importantes temas y de seguro no será la última vez que lo hagamos.

Comparto a plenitud el pensamiento del escritor italiano Alberto Moravia cuando afirma que “La amistad es más difícil y más rara que el amor. Por eso, hay que salvarla como sea”. Leonardo Garnier reflexiona, en el artículo ¿Porritas o Cristiano Ronaldo?, sobre uno de los fines de la educación, fundamentada en los valores morales: “¿De qué nos serviría que nuestras hijas e hijos ─nuestros estudiantes─ lleguen a ganar el balón de oro, el Oscar, el Grammy, el premio al mejor o la mejor funcionaria, al mejor vendedor, a la mejor periodista... o que lleguen a ganar más plata que cualquiera, si de camino olvidan y pierden el afecto de la gente que les rodea?”. El hecho de enseñar a nuestros estudiantes el valor de la amistad es imperativo, pues creo que para ellos los mejores días están aun por venir y, quien siembra rosales, cosechará siempre rosas, de muchos colores y variadas fragancias que los amigos, siempre, están dispuestos a compartir; ellos nos darán el apoyo necesario para que las metas que nos proponemos, las alcancemos, con una sonrisa sincera para cada persona que se atraviesa en nuestro camino.

Un poema de José Martí, tomado de Versos Sencillos, escrito en Nueva York en 1891, queda como anillo al dedo para esta ocasión: Cultivo una rosa blanca,/ en julio como en enero,/ para el amigo sincero/ que me da su mano franca./ Y para el cruel que me arranca/ el corazón con que vivo,/ cardo ni oruga cultivo:/ cultivo la rosa blanca.

A todos nos hace falta, si es merecida, esa palmadita en la espalda de vez en cuando; esto puede forjar un cambio en muchas de las rutinas con las que estamos acostumbrados a lidiar en el diario convivir. La sabiduría y humildad son los principales ingredientes que se deben amalgamar para lograr esto, y poder así reconocer la buena labor de los demás, sin mezquindad cuando apreciamos un trabajo bueno, con responsabilidad, crítica objetiva y mucha asertividad, si hubiese sido deficiente.

En este pequeño Macondo, cuando esta percepción se logre transmitir a las mayorías, a partir de allí, se podrá dar el cambio con el que muchos hemos soñado, hacia una sociedad más humanista.

9 de febrero de 2010

Sobre el tiempo

En ocasiones nos esmeramos en calificar cada acto, tratamos de medir todo, sin comprender que existen conceptos inconmensurables. Ya en otras entradas nos hemos referido a las diversas unidades de medida, sin embargo, otras son más abstractas, como por ejemplo, en las ciencias naturales utilizamos con mucha frecuencia la magnitud física llamada tiempo. Curiosamente pensamos que algunas cosas siempre han existido pero incluso antes de la creación del Universo no existía tiempo pues ─como se escribe en el Génesis─ todo era Caos o desorden, el mismo San Agustín concluye, en el libro undécimo de sus Confesiones, que antes de la creación del universo Dios existía, claro que sí, existía, pero ¡no hacía nada!

A partir de este momento, conocido como el Big Bang, el tiempo transcurre y avanza y se calcula que la edad del universo es aproximadamente de trece mil setecientos millones de años. Por otro lado, las unidades de medida del tiempo miden la duración de diferentes eventos. A diferencia de hace varios siglos, la mayoría de los relojes que utilizamos diariamente tienen cronómetros que miden el tiempo hasta con centésimas, cuando, para cualquier mortal solo basta con las horas y los minutos. Tratamos de llenar nuestras agendas para que no le queden espacios libres que podamos dedicar a nosotros mismos, como si al acelerar el paso pospusiéramos la fecha de nuestra muerte, como si lográramos engañar a las tres parcas ─diosas del destino─, para que cambien sus designios divinos, a Cloto que hila nuestro destino, a Láquesis que asigna nuestras alegrías y tristezas determinando la vida que llevaría cada mortal y Átropo quien corta el hilo de la vida y trae la muerte. Definitivamente no. Como lo hemos escrito en otras entradas, nosotros mismos podemos reescribir nuestro propio destino y conseguir que cada día valga por lo que contiene, sin premuras de ninguna índole. Con frecuencia pienso que sería mejor colocar en nuestras muñecas solo un reloj, como el de la Liebre de Marzo de Alicia en el País de las Maravillas, que solo marcase los meses y, así, correríamos menos y tendríamos más tiempo a nuestra disposición.

Como ya mencionamos, la edad del universo es cercana a los catorce mil millones de años. Para comprender lo que significa el tiempo transcurrido desde sus inicios, transcribo un extracto del ensayo científico “Una breve historia de casi todo”, del autor Bill Bryson. Él compara los cerca de cuatro mil quinientos millones de años de historia del planeta Tierra con los de un día normal de veinticuatro horas:

“Muy temprano, a eso de las cuatro de la madrugada, aparecen los primeros organismos unicelulares. Estos seres minúsculos gobiernan el planeta durante dieciséis horas. A las 8:30 de la noche al mar le brotan las primeras plantas. Veinte minutos más tarde aparece la primera medusa rodeada por los enigmas de una fauna que los expertos han bautizado como ediacarana. Un poco después de las nueve salen nadando los primeros trilobites y una pléyade de primos más grandes. A las diez de la noche empiezan a echar raíces las plantas sobre la superficie terrestre. Veinticuatro minutos después son tantos los bosques que ya el planeta es una zona de residuos carboníferos. Justo entonces las deidades que hicieron los insectos le dieron rienda suelta a la imaginación y a las once de la noche, minutos más minutos menos, los dinosaurios llenan de huevos gigantescos el planeta. Durante tres cuartos de hora son los amos y señores de todo esto, pero a las 11:41, quizá por la ventura de los meteoritos que cada tres minutos en esta escala lo devastan todo, los gigantes del Parque Jurásico desaparecieron. A las 11:42, segundos más, segundos menos, aparecieron los mamíferos. Y casi a las 11:59, cuando faltaba solamente un minuto y dieciséis segundos para la media noche, nacimos nosotros.”

Pensamos, con cierta arrogancia, que somos los amos y señores del universo, como si siempre hubiésemos estado aquí, como si siempre estaremos aquí, pero contrariamente, hacemos lo posible por autodestruirnos y nos empecinamos en aniquilar lo que le pertenece a las futuras generaciones. El tiempo pasa inexorable, y no sabemos cuántos años estaremos sobre la Tierra. Quizás, de manera inconsciente, pensamos que la vida es un sueño –como escribiera Calderón de la Barca– y cuando morimos despertaremos a la vida.

13 de enero de 2010

Arados de fuego

Inicia un nuevo año y con él la lista de promesas y metas aumenta, todo inicio está rebosante de buenas intenciones. Aunque mi caso no es la excepción, les confieso que la lista es bastante corta, en primer lugar pondré el dedicarle más tiempo a la lectura, que por diversos motivos he ido dejando de lado.

Salvo por el tiempo de más que nos obsequian los años y los segundos bisiestos, ya sabemos que todos los años duran lo mismo, sin embargo, a causa de la crisis mundial provocada por la recesión económica, se tiene la sensación de que el año 2009 fue muy, pero muy largo.

Cuando no hay crisis cualquier soplo es tormenta, todo temblor es un cataclismo y hablamos más de problemas que de soluciones. El enfrentar una crisis –como la que todavía no pasa– nos ayuda a comprender lo importante de los cambios, nos obliga a retar nuestros límites y aprendemos a superar nuestros propios temores.

Por alguna extraña razón, muchas personas recurren a la venganza en vez del perdón, a la soberbia en vez de a la humildad, a la hipocresía en vez de la sinceridad. En este nuevo año debemos reordenar los valores y darle menos peso e importancia a los antivalores, que como cantos de sirena nos embrujan y nos compelen a seguirlos. Debemos despreciar las soluciones fáciles o egoístas, que son como espejos que brillan como si fuesen oro; aunque sea difícil, no es imposible. Como el mismo Odiseo, debemos amarrar la voluntad a un mástil de cordura, meditar bien nuestras metas y las decisiones para que las acciones que realicemos no nos lleven directo hacia los peñascos, esencia de la perdición.

Meditemos sobre la importancia del amor y la esperanza, pues al final son esas dos virtudes las que nos hacen ser más humanos, además, son el fundamento de los valores espirituales y morales como la bondad, caridad, misericordia, lealtad, honestidad y justicia y todos ellos, a su vez, harán que se aquilaten los valores sociales, intelectuales, estéticos y materiales. Como ese gran sueño que está compuesto de unos más pequeños y estos a su vez de otros cada vez más diminutos, que sin embargo son importantes en el todo. La suma de pequeñas cantidades no es, necesariamente, una cantidad pequeña y si cada uno de nosotros cambia un poco su forma de pensar y actuar, sin duda, cruzaremos el umbral hacia la prosperidad.

Para iniciar este nuevo año 2010, en donde se vislumbra en el horizonte la ilusión de superar esta crisis, los valores espirituales, la sabiduría y la trascendencia de la familia, nos ayudarán a visualizar nuestro papel y nuestra responsabilidad en los cambios que se avecinan, sin perder por supuesto, nuestra identidad nacional. Más que nunca "Hoy es día de arar, con arados de fuego, las eras del amor y el entusiasmo" como escribiera el poeta Jorge Debravo.